Año 1554: Gemelos siameses, unos monstruos muy rentables.

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“En la villa de Medina del Campo (…) en el año mil quinientos cincuenta y cuatro nació un monstruo que eran dos niños varones, que estaban conjuntos y pegados el uno con el otro por los costados (…)”

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Recojo en esta ocasión un tema que siempre ha suscitado mucho interés, como es el de los gemelos siameses. Afortunadamente los adelantos de la ciencia han logrado  separar a muchos de ellos y darles unicidad y vida propia. Sin embargo en otras épocas no lo tuvieron fácil: la acepción que se tenía era la de auténticos monstruos, destinados (si sobrevivían) a ser expuestos en ferias y usados como mercancía .

Dos casos (aunque hay muchos más) he rescatado del libro “Historias Prodigiosas y Maravillosas de diversos sucesos acaecidos en el mundo”, precursor de libros como “El libro de los record Guinnes” o similares. Un compendio curioso e interesantísimo no sólo por las historias que se cuentan, sino por cómo las narran, pues nos permite acercarnos al pensar de las gentes de aquellas épocas.

Y la mentalidad de aquellos años respecto a los siameses era bien clara: entraban directamente en el elenco de criaturas monstruosas. ¿Qué podían hacer los padres ante esa desgracia? Pues intentar sacar algo de provecho. Y según lo leído, tan buena fuente de recursos era, que en el caso de los niños de Medina del Campo, aún naciendo muertos los padres lo tomaron como un alivio a su pobreza, dispuestos a llevarlos de pueblo en pueblo y mostrarlos previo pago. Si no lograron su objetivo fue porque se los robaron. De todos modos y como narra la crónica “aquel día les valieron más de lo que en muchos hubieran podido ganar por sus jornales, porque los que los iban a ver, movidos de compasión de ver a la madre que estaba en el suelo echada sobre un jergón (…) le hazia limosna”.

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El otro caso encontrado tuvo lugar en Verona,  en Italia, en el año 1475, y esta vez fueron dos niñas pegadas por la espalda. También fueron mostradas “por diversas partes de Italia” y por lo que se puede leer, fueron un buen negocio para sus padres.

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Por suerte hoy no existe la percepción de los siameses como criaturas monstruosas ni están ya abocadas a  destinos crueles. Lo que no ha cambiado sin embargo es el asombro que producen, tanto sus nacimientos como el día a día de aquellos que la medicina no puede separar. La curiosidad que generan los siameses sigue intacta, y si bien ya no se exhiben en ferias, sí que aparecen en programas televisivos, conceden entrevistas e incluso hay casos, como el de las gemelas Hensel, cuyas vidas han dado la vuelta al mundo no como feriantes pero sí con su propio reality “Abby&Brittany“.

Tan lejos de aquellos siglos, pero como siempre, tan cerca a la vez.

(*) El libro “Historias Prodigiosas y Maravillosas de diversos sucesos acaecidos en el mundo (…)” está en la Biblioteca Nacional. Si quieres saber más sobre él, puedes pinchar aquí

 

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Año 1599: De cómo algunas mugeres se han convertido en hombres.

“No es cosa fabulosa tornarse las mugeres hombres”

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Traigo a este blog por inusual y novedoso el interesante capítulo titulado “De cómo algunas mugeres se han convertido en hombres”, encontrado en un libro del año 1599. Lo increíble a mi parecer no es lo que cuenta, si no quién lo hace y en qué época. El capítulo pertenece al “Libro intitulado vida politica de todos los estados de las mugeres“, de Juan de La Cerda, un franciscano cuyo pensamiento  no era precisamente  liberal.

El  libro es un compendio acerca  de los diferentes estados de la mujer (doncellas, monjas, casadas y viudas), en una especie de manual dirigido a instruirlas y educarlas, por lo que sorprende la inclusión  de un tema de esta naturaleza. A destacar también el estilo usado: un tono objetivo y sin que el autor vierta opiniones o juicios de valor (tan propios de la época); y, por último, me llama la atención que lo que aquí se narra pasara las censuras preceptivas de los libros de entonces,  máxime cuando el mismo iba dedicado nada menos que a la Infanta Margarita de Austria, monja en el monasterio de las Descalzas, en Madrid.

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“Yo mismo vi en África a Lucio Casicio, ciudadano de Triditania, el dia mismo que se casaba siendo muger, tornarse en hombre (…)”

“Ponrano, autor no poco grave, dice:  que una mujer de la ciudad de Gaeta, aviendo estado casada con un Pescador catorze años, se volvio en varón. Y que otra mujer, llamada Emilia, que estaba casada con uno que se llamaba Antonio Espensa, ciudadano Ebolano: después de estar con su marido doze años, volviéndose hombre, se casó con otra mujer y tuvo hijos della”(…)

A lo largo de todo el capítulo, Juan de la Cerda hace referencia  a diversas historias narradas por hombres tan prestigiosos como Plinio el Viejo (23-79 d.C.), o el mismísimo Hipócrates (460-370 a.C.), sobre mujeres que se habían convertido en hombres. Cuenta también el caso de una mujer llamada María Pacheco que acabó convertida en Manuel Pacheco, y que partió a la India Oriental, regresando de allí  muy rico (rico, no rica) “y con fama de un caballero muy estimado por su persona

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¿Qué quiso decir el franciscano al escribir este capítulo? ¿Mandaba algún mensaje, o únicamente quiso relatar lo que él consideró como algo curioso? ¿ Y por qué, a diferencia del tono usado en otros capítulos del libro, aquí  básicamente narra unos hechos pero sin opinar sobre ellos?

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Sea como fuere, el capítulo me parece revolucionario para la época y muy revelador acerca de algo que siempre ha existido desde el nacimiento del ser humano. No son modas, no son nuevas costumbres: el cambio de género o identidad sexual existe y es tan antiguo como el mismo ser humano. Lo que la naturaleza pudo hazer en un tiempo, también lo podrá hazer en otro: y si es verdad lo que se halla escrito por tantos y tan grandes autores: no nos causará admiración, ni incredulidad, quando oyeremos decir casos semejantes a personas fidedignas”. 

Vida politica de las mugeres 1Este pasaje está en el libro Libro intitulado vida politica de todos los estados de las mugeres y lo encontrarás para su consulta en la Biblioteca Nacional de España. 

1814: Comercio de esclavos o el negocio perenne.

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Dicen que los libros te llaman. Será por eso que de entre todos los que he encontrado esta semana, me he fijado en uno que me parece muy interesante.  Habla del comercio de esclavos, algo que sólo vemos en películas americanas tipo La cabaña del Tío Tom o El Color Púrpura.  ¿Por qué me ha llamado la atención este libro?

La primera razón  es por el descubrimiento del importante papel que jugó España en el tráfico de esclavos. Tan crucial era, que llevó al teólogo y pensador español José María Blanco Crespo a escribir desde Inglaterra un tratado donde denuncia los intereses españoles en este gran negocio.

 

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El autor muestra en su libro una ilustración, tremenda, del plano de la bodega de un barco y la colocación de los esclavos de modo que se aprovechasen todos los espacios posibles; hasta los rincones más pequeños eran ocupados por niños y bebés. Así que no podemos ya escandalizarnos y seguir pensando en “qué malos eran los otros”. No hay que buscar fuera lo que teníamos en casa,  y por cierto,  muy bien gestionado.

La segunda razón de mi interés viene cuando leo algunas reflexiones del autor: Que el Africa (…) nunca haya salido de un estado que debe llamarse barbarie, comparado con el de otras regiones, es verdaderamente un fenómeno que confunde a primera vista dice Blanco en la página 34 de su libro.

Bosquexodeesclavos-3Incluso quitando el término “barbarie” ¿Qué ha cambiado desde entonces? ¿No seguimos permanentemente confundidos con las noticias del continente africano que cada día nos llegan a través de los medios? Bosquexodeesclavos-4Incide el autor en que una parte de los hombres (blancos) pretenden leyes que les beneficien a ellos, dejando  “una serie de generaciones que jamás podrán salir de su abatimiento, en tanto que exista en el mismo pays la casta de gentes que arrancó del Africa a sus padres”.

Han transcurrido más de 200 años desde esta frase premonitoria.  Y continúan aquellos que arrancan a los africanos de su tierra. En ese magnífico continente se han vivido revueltas, colonizaciones, independencias… Y sin embargo las frases de Blanco siguen describiendo exactamente lo que allí sucede.  ¿Es posible de verdad que nada haya cambiado?

Si, algunas cosas, lo han hecho… pero lamentablemente, no las que más desearíamos: los antiguos galeones son ahora pequeñas barcas donde se sigue midiendo el espacio de los cuerpos al milímetro, y la figura del capataz negrero  ya no viaja con ellos,  sino que maneja desde tierra tan próspero negocio.

También ha cambiado el término del pasajero, que ya no se le llama esclavo,  sino inmigrante o refugiado. Y nuevas razas, de pieles más claras, se suman ahora a estos viajes ya centenarios.

Por lo demás, me temo Señor Blanco, que el resto sigue prácticamente igual:  el mar como vía única hacia un callejón sin salida; la sospecha de un destino incierto y falto de libertad; y la existencia de un sistema que se enriquece gracias a ellos.

Y es que  hay negocios que funcionan siempre.

 

El libro que ha inspirado este post se titula “Bosquexo del comercio en esclavos : y reflexiones sobre este tráfico : considerado moral, politica y cristianamente ” y puedes localizarlo para su consulta en la Biblioteca Digital Hispánica. 

 

 

 

 

 

 

 

Año 1790: Iglesias, Rajoy, Rivera, Sánchez…y las “necias mugeres” de quien aprender.

El post de esta semana va referido a una cuestión vieja como el mismo mundo: la vanidad. Concretamente habla de la vanidad femenina como uno de los grandes vicios de la mujer. Evidentemente  la primera reacción, como mujer, sería la de ofenderme. ¿Quién puede escribir un libro con semejante contenido?

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Elijo de entre sus páginas, unos fragmentos que me parecen curiosos, y asumo, resignada, que era éste el pensar general en épocas pasadas. Sin embargo, una segunda lectura de las partes escogidas me saca de mi resignación y me ilumina, porque me doy cuenta de que todo lo que pone, absolutamente todo, es cierto.  ¿Y eso? ¿Tan poco me valoro? No; únicamente he sustituido la palabra “mujer” por la palabra “persona”. Y lo he visto todo muy claro. Pues reflejado en ese texto reconozco -con fecha de hoy-  tanto homenaje inmerecido,  tanta exposición infumable, tantas portadas de revistas… en definitiva, tanto “Traje nuevo del Emperador”, de Andersen. La vanidad no conoce de sexos, y lo que comienza pareciendo un insulto a la condición de mujer, acaba siendo una precisa descripción de este vicio tan humano.

Vicioesmugeres2De hecho es la misma autora  la que cita a Cicerón, quien habla de adulaciones y alabanzas sin distinción de género.

 

 

 

 

 

Y ya puesta, he hecho una tercera lectura, que esta sí me ha hecho reír. ¿Porqué? Porque en esta ocasión he sustituido la palabra “mujer” por la de “político”. Touché.  En cuatro páginas escritas en el año 1790 queda recogida una lección moral que toda nuestra clase política debería leer.

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Y así, lo que comienza como un demérito de la mujer acaba convirtiéndose en lo que debiera ser el decálogo del político ideal:

“No hay medio más cierto y seguro de conseguir el aplauso que se apetece, que el hacerse digno de él”.

“El hablar demasiado es un vicio muy común en los políticos. La viveza de su imaginación se conoce en la multitud de especies que mezclan en sus conversaciones (..)”.  

“Esto se conseguirá acostumbrando a los políticos a que piensen antes de hablar, y a omitir varios rodeos, expresando naturalmente sus pensamientos (…)”.

Y no sigo…

Tanto si eres político como si no,  y te interesa consultar este libro, lo podrás encontrar  digitalizado en la Biblioteca Digital Hispánica.

1721: ¿Plaga de insectos? Haz un exorcismo.

“Han de salir todos los no impedidos, así hombres,  como mugeres desde la Parroquia, en procesión hasta el lugar, donde los Sacerdotes han de conjurar la langosta, o pulgón. Todos con la mayor devoción, que pudieren, y en sumo silencio, excepto los que fueran cantando la Letanía (…)”

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Traigo esta semana el extracto que aparece en un libro sobre exorcismos. Siempre hemos relacionado esta práctica con personas endemoniadas, pero lo que aquí me ha llamado la atención es conocer otra finalidad de este ritual:  la de acabar con  plagas de insectos (langostas o pulgones, entre otros). 

El sacerdote cobra aquí un papel que desconocía. ¿Fumigador? no exactamente. ¿Qué usaba, entonces, para acabar con estos bichos? Nada menos que el exorcismo, el “conjuro” por excelencia. Y un nuevo descubrimiento se incorpora a mi sabiología: conjuro no es solo un ritual para brujas, como siempre he creído. También la Iglesia los hacía y,  por lo que aquí puedo leer, el término se usa varias veces y con absoluta normalidad.

 

Sigamos viendo el procedimiento,  que aparece tan simple, tan ingenuo, que me produce hasta ternura.

(Las gavillas de sarmiento no eran otra cosa que haces de ramas con los que se haría la hoguera, en forma de cruz).

Después de leer la última parte, con esas  cruces “de una tercia en alto, para que puestas hasta donde llegan las langostas no pasen de allí”  interpreto que todo el ritual se resumía en colocar una barrera física con la que ingenuamente se creía frenar el avance del insecto. Aún así el cura afirma satisfecho que  “Casi todas la vezes, que con esta disposición, se han hecho los conjuros, he visto felicíssimos efectos.”

Es sabido que en todas las culturas el  hombre  ha invocado a los dioses para para salvar sus cosechas de plagas: a través de sus sacerdotes (o sacerdotisas), enviaban las súplicas y practicaban rituales y sacrificios. Los elementos comunes en casi todos ellos son el fuego y el animal. La novedad, en mi opinión,  es que también la Iglesia católica los ha practicado, usando además de los mismos elementos al más puro estilo de sacerdotes incas o egipcios. 

Hoy en día, el ritual se sigue repitiendo, aunque variado completamente en sus formas: ya no se recurre a un dios sino a la química. Los operarios han sustituido a los curas; tampoco hay sotanas sino monos y máscaras,  y el ritual del fuego es ahora un bidón de pesticida. Y a pesar de todo… siguen las plagas. ¿Habrá que volver a confiar en el poder de un exorcismo?

Este conjuro aparece en el libro “Práctica de conjurar: en que se contienen exorcismos, y conjuros contra los malos espíritus” y fue escrito por el Padre Fray Luis de la Concepción en el año 1721. Puedes encontrarlo en la Biblioteca Digital Hispánica

Año 1741: ¿Es niña? mejor muerta que esclava.

“Ellos, en llegando a casa, se van a parlar con sus amigos;  y nosotras a buscar leña, traer agua y hacerles la cena: en cenando ellos, se echan a dormir; mas nosotras casi toda la noche estamos moliendo el maíz para hacerles su chicha. Y en qué para éste nuestro desvelo? Beben la chicha, se emborrachan,  y ya sin juicio, nos dan de palos, nos cogen de los cabellos, nos arrastran y pisan (…)”

La que describe esto podría ser cualquier mujer en cualquier época y lugar del planeta. Porque la escena es intemporal y en su última frase, además, aterradora. Se trata de la descripción que hace una mujer indígena  a un sacerdote en la época de la colonización española. No hay en el mundo mujeres más desdichadas que las indias Gentiles, escribe el religioso tras escuchar el testimonio.  Y no le faltaba razón si hacemos caso a este extracto. Tan desesperadas estaban, que cuando tenían que dar a luz bajaban al río, y si nacía una niña la mataban, para evitarle así una vida llena de sufrimientos y sumisión.

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“Si mi madre me huviera enterrado luego que nací, huviera muerto (…) y me  huviera escapado de tantos trabajos,  tan amargos como la muerte”  confesaba la india al sacerdote.

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Porque esas mujeres no solo molían el maíz, limpiaban sus viviendas, cocinaban y cuidaban de la prole. Además trabajaban también “fuera de casa”, acompañando a los hombres a la labranza y conciliando de la única manera que podían:  “nosotras vamos con un canasto de trastos a la espalda; un muchacho al pecho, y otro sobre el canasto”. A las Carolina Bescansa de aquellos años nadie las defendía ni respaldaba. Ellas sencillamente no tenían opción.

Cuando  leo el tipo de vida que estas mujeres llevaban, cuando veo que preferían matar a sus hijas antes que entregarlas a una vida miserable,  un escalofrío me recorre todo el cuerpo. Porque pasan los siglos, pero se repiten los patrones a pesar de tanto cambio social y tantos logros conseguidos. De nuevo la sabiología me susurra al oído lo que me parecen inquietantes paralelismos con algunas situaciones actuales. Ya no se baja al río, cierto. Pero es que no hace falta: las ecografías permiten que mujeres hindúes y chinas conozcan el sexo del bebé y se deshagan de él si es niña. Exactamente iguales a las indias Guayquries en la selva amazónica de hace 500 años. Tan lejanas pero tan cercanas a la vez.  Si mostráramos este texto a una de las mujeres que toman esa decisión al saber que esperan una niña… ¿Qué nos contaría?  ¿Se sentiría, quizás, identificada con la joven indígena?  La respuesta es un enigma. 

El sobrecogedor relato de la muchacha india aparece en la página 343 del libro “El Orinoco Ilustrado”, una excelente crónica que nos relata a través de los ojos de los jesuitas, las costumbres y vida de los indígenas en la América colonizada. Podrás encontrarlo para su consulta en la Biblioteca Digital Hispánica.

AÑO 1646: MAGDALENA, LA BRUJA DE MONFORTE DE LEMOS

“- Y negó todo lo demás: y habiéndola ligado en la silla y puesto la mancuerda y amonestada dijese la verdad, (¡60 años! ) respondió que no tenía más que decir, sino que tuviesen misericordia de ella, y se le mandó dar la primera vuelta (…)”
 
Comienzo este nuevo año con una curiosa historia, el proceso contra Magdalena das Pereiras, campesina de la localidad gallega de Monforte de Lemos que fue juzgada en 1646 por el Tribunal  de la Santa Inquisición. 
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Magdalena no solo administraba diferentes remedios, sino que además hacía de casamentera, encontraba objetos perdidos -era conocida como la Vedoreira (vidente) de Canide-,  y también  curaba “a distancia” pidiendo un trozo de prenda de la persona enferma, y haciendo cruces en ella pidiendo que luego se la volviera a colocar.
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En aquella época la línea entre curandera y bruja era sutil, y tan subjetiva que cualquier interpretación equivocada conducía a hombres y mujeres a la hoguera. Suerte tuvo nuestra Magdalena, que únicamente fue condenada a doscientos azotes y desterrada durante seis años de su Monforte natal; también se le prohibió durante ese tiempo acercarse a Santiago y a Madrid.

Hemos oído hablar desde pequeños de lo que fue la Inquisición y de sus prácticas; hemos visto series y películas acerca de este tribunal (que funcionaba muchas veces en connivencia con los propios aldeanos). ¡Qué lejos estamos de aquellos días, pero qué cerca también!. Aquel acusador dedo índice sigue usándose, aunque ahora lo hace pulsando las teclas de un ordenador desde el que se opina, se juzga, y por supuesto, se lincha. Será que en el fondo todos somos un poco inquisidores.

Inquisidores… pero hechiceros, al mismo tiempo: la tecnología nos permite prácticas que no parecen diferir mucho de las que realizaba Magdalena. Y también, como entonces, la frontera entre lo real y lo sobrenatural se desdibuja.  Porque al fin y al cabo, sentarse ante una pantalla, comunicarse con medio planeta, ver una calle de Buenos Aires en tiempo real, u  operar a un enfermo desde la distancia… ¿No parece esto cosa de brujas?

 

El proceso a Magdalena y muchos otros,  igual de apasionantes  (algunos con desgraciados finales) aparecen en libro  “Brujos y astrólogos de la Inquisición de Galicia y el famoso libro de San Cipriano”, escrito por Bernardo Barreiro de Vazquez Varela en el año 1885, y puedes consultarlo en la Biblioteca Digital Hispánica.